Las víctimas del frenesí marital

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En los últimos años se ha visto en los juzgados civiles/familiares o mixtos un aumento exorbitante en el número de solicitudes de divorcio, regularmente atiende a la poca paciencia o hasta falta de compromiso que se llega a tener desde el inicio de la relación, lo que se traduce en la dificultad de superar las desavenencias que puedan presentarse; sin embargo, ¿qué sucede cuando existen de por medio personas que unirán a la pareja por el “resto” de sus días? Como los hijos.

Independientemente de la causa que dio origen a la separación, pocas son las veces en las que de común acuerdo logran mantener una relación basada en la cordialidad con la expareja, pues sin tomar en cuenta la afectación que puedan tener los hijos, comienza el martirio judicial que va desde la demanda de alimentos hasta la solicitud de divorcio necesario, en las que en algunas ocasiones con el objeto de obtener lo que se desea (mayor porcentaje en el decreto de alimentos o solo por hacer quedar mal a la expareja), llega a cometerse el error de inventar situaciones que comprometen la convivencia entre los padres e hijos, situaciones en las que éstos llegan a convertirse en los testigos, a quienes a veces amenazan para decir la mentira creada para afectar a la otra persona.

Lo que difícilmente ven este tipo de padres, es que quienes son los mayores afectados son los propios hijos, pues a diferencia de la expareja, ellos tienen una relación filial de padre o madre e hijo y con todo este tipo de acciones lo único que está provocándose es una confusión mental en el menor, pues ellos (los hijos) no alcanzan a discernir lo que sucede entre sus padres y solo van guardando en su psique el aquí y el ahora, los hijos (menores de edad), no alcanzan a entender las causas o motivos de la separación de los padres, sino que para ellos únicamente algo se fracturó en casa y por consecuencia, en su vida; eventos que no son tan fáciles de digerir. Si a esto agregamos el odio que terminan manifestando entre sí los que siempre serán sus padres, difícilmente ese menor logrará entender el concepto de familia feliz o unión familiar.

Así pues, es válido ya no continuar en una relación que cause daños a cualquiera de sus integrantes, pero antes de tomar una decisión y/o planear hacer daño al otro (a), es prudente detenernos un poco y pensar en los mayores afectados, los hijos. Para ello, lo mejor es tomar una terapia previa en la que pueda explicársele al menor la separación que está por suceder o simplemente abstenerse de implicar al hijo en situaciones tan serias y que afectan sus emociones, si quiere evitarse que ese hijo ya con plena conciencia de lo que sucedió, se vuelva contra la persona que lo manipuló y así termine viéndolo como su enemigo.

Por Génesis Guinto Sotelo

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